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NARRACIÓN POLICIAL COLECTIVA – TALLER DE LUNES – MONTEVIDEO 2024

MONOGRAFÍA FIN DE CURSO

 

Participantes:

Florencia Alonzo

Marita Pujol

Rosa Ferreiros

Andrés Labandera

 

 

Ana se encontraba en la Biblioteca de la Universidad el 28 de noviembre de 1969, investigando un artículo. En algún momento entre las 16:45 y las 16:55 horas, recibió una puñalada por el seno izquierdo con un cuchillo, cortando la arteria pulmonar y perforando el ventrículo derecho de su corazón.

 

Cerca de las 18:00 horas, una funcionaria de la Biblioteca descubrió un rastro de sangre en el piso de parqué del pasillo seis, y lo siguió hasta encontrarse con el cuerpo de Ana Gutiérrez en una de las salas de lectura. Inmediatamente, y en estado de conmoción, llamó a la Estación policial.

 

Así comenzaba el informe que recibí en mi oficina dos días después del asesinato de Ana Gutiérrez, mismo día en que me asignaron el caso.

—Pasaron dos días y recién recibo el informe —dije en voz alta. —Apenas termine de leer el expediente y ver las fotos y el informe del Médico Forense, voy a cerrar la biblioteca, por precaución y para preservar las pocas pistas que quedan —pensé.

 

Según el forense, la muerte fue violenta e instantánea. Me quedaban pocos días para jubilarme. Esperaba antes finalizar el caso. ¿Quién era Ana Gutiérrez? —me preguntaba—, lo único que sabía era que tenía treinta años y que era una investigadora brillante, que trabajaba en la cátedra de enfermedades infecciosas de la Universidad. Decidí ir a la escena del crimen.

 

Me encontré con Miguel, mi joven y competente asistente, en la cafetería, frente a la biblioteca, a la hora aproximada en que se cometió el asesinato. Me interesaba ver el movimiento habitual. Repasamos el informe recibido del colega Martino, quien sufrió un accidente y debió abandonar la investigación. En realidad me disgustaba tomar un caso, sin poder analizarlo desde el inicio, pero el destino lo dispuso así; sería un nuevo desafío al final de mi exitosa carrera.

De la descripción de la escena del crimen subrayamos:

 

1: La víctima se encontraba en una mesa próxima a la estantería de la entrada. Su cabeza se apoyaba de lado en una revista médica española de enfermedades infecciosas, en el capítulo titulado: Historia de la tuberculosis. En su mano derecha entreabierta se halló una lapicera y al lado un block de apuntes donde se leía en sucesivos renglones.

 

  • Rifampicina (Nuevo fármaco)

  • Mala praxis en hospital

 

Y posteriormente, un trazo inconcluso.

 

2: La escalera cercana, apoyada en los estantes, presentaba minúsculas manchas de sangre que se enviaron a analizar, al igual que las huellas del pasillo seis.

 

La sangre de la víctima fluía del hemitórax izquierdo; una herida profunda causada por un objeto punzante, que atravesó el fino suéter, ocasionó la muerte.

 

—Será fundamental interrogar al personal de la biblioteca que se encontraba en el horario del hecho y solicitar el registro, de personas que ingresaron a la sala de lectura —dije a Miguel—. En paralelo entrevistaremos a familiares y amigos cercanos de la joven.

 

Posteriormente, nos dirigimos a la puerta de entrada, envueltos en el humo de nuestros cigarrillos.

Cruzamos observando todo a nuestro paso. Removí la cinta en la cual se podía leer policía prohibido pasar. El chirrido de las bisagras que sostenían las grandes puertas hechas en madera de quebracho, usada desde antaño para este tipo de edificios, que guardaban grandes tesoros literarios, comenzaba a darle un entorno de solemnidad y misterio, dimos un paso, dos, tres y allí nos detuvimos. Miguel me conocía bien y a esa altura ya podía leer mis acciones, se detuvo a mi lado esperando su siguiente movimiento. Me quedé allí por un momento mirando directamente en dirección de donde se había encontrado el cuerpo sin vida de Ana.

—Creo que no estamos solos, —dije sin inmutarme—, al tiempo que Miguel, en vano, intentaba ver a alguien más.

—Esto me huele mal y no estoy hablando solo del caso, —agregué—, haciendo un movimiento con mi nariz para reafirmar que estaba olfateando algo. Miguel se esforzaba tratando de seguirme, pero, hacía mucho tiempo se había dado por vencido frente a mis sentidos súper agudos. En ese momento realicé un pequeño movimiento y acercando mi rostro al de mi fiel ayudante y con voz calma pero firme dije.

—Tú sabes que para mí solo existen las causalidades y no las casualidades, el accidente de Martino, el expediente que me llega dos días después y ahora esto, quiero que salgas a la calle, pero con mucha prudencia y comiences a contactar a tus informantes, quiero que te esfuerces al máximo, que no te falte ninguno.

Miguel asintió y se dirigió a su coche rápidamente. Por mi parte, sabía que necesitaba adentrarme en el mundo de Ana Gutiérrez y conocer cada detalle de su vida para avanzar con la investigación. Consulté el informe policial en mi mano, donde había subrayado la dirección de la vivienda.

En la avenida del Cid, número 12, un muchacho de tez pálida, oscuras ojeras y cabello revuelto abrió la puerta.

—Detective Álvarez, —me presenté mostrando mi placa—, ¿es usted Fermín Gutiérrez?

—Efectivamente —el joven de bata azul abrió la puerta, desganado.

Era una casa decente, en una zona precaria de la ciudad. Ya había caído el sol y el living estaba bañado por una luz rojiza que atravesaba las cortinas cerradas. Al fondo, una estufa a leña, paredes húmedas y floreros vacíos. Me detuve en las fotografías colgadas en una de las paredes.

—¿Sus padres viven? —Pregunté al hermano.

—Mi padre falleció cuando Ana y yo éramos adolescentes, somos mellizos, por si no lo notó. Mi madre está en una casa de salud, no sabe nada de lo de Ana…

—¿Y ella quién es? — pregunté, señalando una fotografía de los dos hermanos abrazando a una jovencita de cachetes rojos.

—La más pequeña de los tres — y se largó a llorar.

Seguí recorriendo los detalles de la casa mientras el hermano se reincorporaba.

—¿Le puedo ofrecer un café?

—Sí, gracias, sin azúcar, por favor.

Entre las cenizas de la estufa, descubrí un papel escrito con la misma letra que la del cuaderno de Ana. Cuando Fermín fue hacia la cocina, recogí el pedazo de papel, lo miré y luego lo guardé en el bolsillo de mi gabardina. Al regresar con el café, nos sentamos y el comencé con mis preguntas.

Fermín se acomodó varias veces la bata azul. Estaba con miedo, incómodo, asustado.

—¿Ana tenía amigos? —pregunté

.Pero Fermín haciendo caso omiso a la pregunta comenzó diciendo que era bailarín, que a pesar de ser hermano mellizo tenían distintas personalidades, él se apoyaba mucho en su hermana, estaba devastado, además era inseguro, tímido, que su hermana pequeña había muerto de tuberculosis y por eso su madre estaba internada muy desequilibrada, en una casa de salud. Fermín otra vez se largó a llorar pero continuó hablando.

—¿Usted tiene novia? —Lo interrumpí.

—Tenía, Cecilia, hace más de medio año que no la veo. Ana me la había presentado, eran compañeras de la Cátedra, en la Universidad. Pocas cosas tenía con ella —agregó—. La ciencia y las enfermedades me espantan, me aterran.

—Bien, me tengo que retirar — dije señalándolo con el dedo— , no se vaya de la ciudad.

Al salir, me comuniqué con Miguel y le dije, por segunda vez:

—Esto me huele mal y no estoy hablando solo del caso. El mismo olor de la biblioteca lo volví a olfatear en la casa del hermano de Ana. Encontré además, un pedazo de papel, que con letras mayúsculas se puede leer CUIDATE.

Mientras tanto, en la cátedra de la Universidad, se encendió una alerta. El inventario estaba alterado, faltaban dos tubos con virus y una probeta con bacterias.

Nos encontramos con Miguel en la esquina, ya en la vereda, encendimos nuestros cigarros y a los pocos pasos tropezamos con un hombre mayor que semiencorvado que caminaba en sentido contrario.

—Ese olor me quedó impregnado, ¿lo percibiste, Miguel? —pregunté.

—No, estoy con rinitis, este frío invernal me destroza.

Luego, ambos, a paso tranquilo, nos dirigimos al bar por otro café.

Al voltear la vista para cruzar la avenida, vimos al hombre encorvado golpear en la casa de Fermín Gutiérrez; en unos segundos la puerta se abrió y el individuo entró. Registramos que llevaba gorra marrón y sobretodo gris. Portaba lo que parecía una bolsa de supermercado.

—¿Quién será ese hombre? Es tu tarea averiguarlo, Miguel. Dada la celeridad con que se abrió la puerta, parece que Fermín lo estaba esperando —aseveré.

Estuvimos sentados en el bar más de una hora, intercambiando percepciones. Teníamos en común, además de nuestra vocación, el gusto por el tabaco, el café y la soledad. A pesar de la diferencia de edad, ambos nos alejamos de nuestras parejas por motivos parecidos: el tipo de trabajo que nos absorbía, tal como una adicción, y también el miedo a que los casos más “pesados” provocaran daño colateral a nuestros seres queridos. Optamos así, por relaciones livianas, breves, siendo, no obstante sinceros, a la hora de generar vínculos. Miguel tenía una personalidad sensible, y, si bien yo me mostraba más duro, en ocasiones, me ablandaba.

Entre nosotros nos habíamos adjetivado como: Álvarez, el racional, y Miguel, el intuitivo, destacando las principales virtudes de cada uno.

—Esa nota de su hermana con la palabra “cuídate” me sugiere que ella presumía que ambos corrían peligro. — Agregó Miguel.

—Vi a ese muchacho con mucha fragilidad, y algo asustado. Intenta hablar con él ahora y averiguar algo más del hombre que lo visita, usa tu joven poder de seducción. —Le dije.

Miguel logró comunicarse por teléfono con Fermín, y obtuvo el dato de que el hombre que se cruzaron (Gómez de apellido) era conocido de la familia de larga data, siendo un gran apoyo para los hermanos. Se desempeñó como enfermero del Hospital, y fue transferido por razones físicas al laboratorio de la cátedra, coincidiendo con Ana en el turno de la mañana; por razones económicas, recientemente había aceptado suplencias en la biblioteca, en el turno de la tarde.

Nos encontramos como era nuestra costumbre en un café.

—Bien —dije terminando mi tercera taza—. Interesante este aporte. Creo que se impone entrevistar al personal de la biblioteca, incluido Gómez por cierto, y analizar el registro de los visitantes del día del crimen. Mañana nos encargaremos de eso. Ahora a descansar y tratarte ese resfrío. Te necesito con todos los sentidos alertas. Recuerda que este es mi último caso Miguel.

A la mañana siguiente, a primera hora, cuando Miguel llegó a la oficina, me encontró caminando de un lado a otro conversando solo, mirando todo el tiempo la cartelera donde tenía todo el esquema del caso armado con las fotos de cada uno. En el centro la foto de Ana y a los lados la de Fermín, la de Gómez, la de la funcionaria que encontró el cuerpo y la de Martino, el anterior investigador quien se retiró por un accidente que lo llevaría a estar varios meses convaleciente.

Miguel pudo observar que sobre el sillón de la oficina se arremolinaba una vieja frazada dando la misma sensación de aquel papel que uno quiere desechar, lo estruja, amasa y lo tira a la basura.

—Jefe, ¡no me diga que pasó la noche aquí!

—No toda la noche, no podía dormir, así que a eso de las dos me vine para acá. Dormir, lo que se dice dormir... fue más una pelea entre esa vieja frazada y yo, este caso me huele mal —dije nuevamente.

—Su olfato no está tan errado, anoche cuando me iba tuve que estacionar un poco lejos de casa y caminar unas cuadras, antes de llegar me interceptó uno de mis informantes, ese que le comenté que es medio escurridizo, pero que siempre me ha dado buena información.

—¿Y qué pasó?, Miguel déjate de rodeos.

—No se precipite jefe que a eso voy, bueno, como le iba diciendo, me lo encuentro, más bien él me encuentra…

Ya estaba a punto de sacar mi arma cuando Miguel llegó al punto.

» Bueno, lo cierto es que me contó que se supo en las calles que esta muchacha ¿cómo era que se llamaba?

—Ana Gutiérrez —contesté.

—Bueno, esa, parece que estaba husmeando donde no debía.

A la tarde, nos dirigimos a la biblioteca, como teníamos previsto. La funcionaria, la misma que se hallaba el día del crimen, nos enseñó el registro de visitas del día del asesinato de Ana Gutiérrez. Ningún nombre familiar a la vista, la mayoría, eran universitarios que entraban y salían frecuentemente. En una de las páginas, al final, había un nombre tachado que no se leía. Pasé las páginas del libro, y un nombre llamó mi atención.

—Miguel, recuérdame el nombre de la novia de Fermín.

—Cecilia Ferreira, señor.

Ubiqué mi dedo sobre el nombre de la mujer, quien había visitado la biblioteca durante tres días consecutivos, previo a la muerte de Ana.

Preguntamos a la funcionaria por Gómez, se suponía que trabajaba allí por las tardes.

—Se pidió el día libre —respondió la joven bibliotecaria.

Cruzamos una mirada cómplice y salimos velozmente hacia la Universidad. En el laboratorio, había un ambiente de tensión, el Director de la Cátedra de enfermedades infecciosas, nos informó lo que había sucedido con el inventario.

—Sucede, señores —dijo en voz baja el Doctor— que han ocurrido cosas extrañas en el último tiempo. Acompáñenme.

Nos guio a un cuarto al final de aquel largo pasillo donde estábamos conversando. Sacó de su bolsillo un juego de llaves y se aseguró de que nadie lo observara: una de las llaves abría la reja. Otra, una puerta metálica. Una vez dentro, el Doctor buscó una tercera llave. Entendimos con Miguel, que se trataba de algo importante. La más pequeña abría un armario dentro de la habitación. Apenas se hicieron a un lado las puertas de ese mueble de acero, un olor penetrante retorció nuestros rostros y no tardamos en reconocerlo: era el mismo olor de la biblioteca, y el mismo olor que tenía impregnado aquel hombre que caminaba encorvado hacia la casa de los Gutiérrez.

Estamos más cerca —dijo en un susurro Miguel.

—¿Alguien más viene aquí? —Pregunté.

—Sí —dijo el Dr.—, a veces envío a Gómez para algunas tareas de limpieza con formol para evitar el crecimiento de los hongos. Es el olor que hay en este cuarto, este formol hace unos días estaba en otro armario, agregó. Están sucediendo cosas extrañas.

Le hice una seña a Miguel y salimos del laboratorio.

—Solo me queda un día para jubilarme y tengo que resolver este caso, otra noche sin dormir. Necesito estar solo, caminar, pensar.

Después de varias horas regresé a la oficina, volví a mirar la cartelera y agregué el pedazo de papel que había encontrado en la estufa. Comencé a descartar sospechosos y solo quedaron Cecilia, Fermín y el pedazo de papel que decía CUIDATE. En este momento sentí un fuerte dolor en la sien. Después de tantos años en el oficio, sabía que era una señal que estaba por resolver el caso.

Volví a mirar fijamente la foto de Fermín. Di la orden por teléfono a Miguel para verse en la casa de la calle Cid.

—Es de madrugada — retrucó Miguel.

—Sí, lo sé —dije sin titubear.

Las luces de la casa estaban encendidas, golpeamos fuerte varias veces. La puerta se abrió al tocar el pomo. En un sillón con la bata azul estaba Fermín, de su mano colgaba una pistola calibre 22, de la frente salía un hilo de sangre. Arriba de la mesa había una carta dirigida a mí. En el piso cerca de la estufa estaba Cecilia con un tiro en el pecho.

Estimado inspector Álvarez

Cecilia y yo, cansados de la presión recibida por parte de Ana, planeamos su final. A los efectos de generar pistas falsas, utilizamos su avidez por la investigación y preferimos la biblioteca como lugar del crimen.

A nuestro querido Gómez, lo utilizamos, es inocente, le hablamos de una trama en el laboratorio, que había perjudicado a Ana, quien investigaba el caso, y podía traernos consecuencias a todos, incluidos Cecilia y yo, para lo cual debía traernos material que ella había seleccionado.

Le dijimos que ambos iríamos a la biblioteca, a proteger a Ana. Pero luego de lo ocurrido, le pedimos que debía borrar mi nombre de la lista de visitantes a la biblioteca, porque corría peligro.

Ese día le fui a dar a Ana noticias de mamá y cuando se distrajo la apuñalé, como cuando de niños jugábamos a pelear con dagas de gladiadores. Sentí que estaba liberado de la mujer que me controlaba, y quería dirigir mi vida, elegir mis compañías, anularme…

Amaba a Cecilia, su dulzura me recordaba a mamá y a mi hermana pequeña. Pero luego del crimen ella cambió, disfrutó de la desaparición de Ana, más bien como de haberse liberado de una rival, en lo académico—profesional, que de alguien que nos separaba, no se mostró afectuosa como antes; de pronto comprendí que me había engañado, discutimos fuertemente y decidí, que ninguna otra mujer iba a dominarme; la maté y me quité la vida.

 

Miguel se expresó visiblemente afectado:

—El muchacho frágil dejó de sufrir.

Abracé a Miguel y le agradecí su fiel y amable compañía, palmeándole la espalda.

—¿Sabés. Miguel?, mí último caso me hizo recordar, que hace tiempo le debo una visita a mi anciana madre.

Luego de los llamados y trámites pertinentes, salimos al frío invierno. Vaya a saber cuándo tomaríamos el próximo café juntos.

FIN

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