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NARRACIÓN POLICIAL COLECTIVA - TALLER VISTALMAR – MONTEVIDEO 2024.

MONOGRAFÍA FIN DE CURSO.

Participantes:

María Celestre Medina

Leonor Nieto

Daniela Rostkier

Marisa Santos

Olga Devoto

 

Ana se encontraba en la Biblioteca de la Universidad el 28 de noviembre de 1969, investigando un artículo. En algún momento entre las 16:45 y las 16:55 horas, recibió una puñalada por el seno izquierdo con un cuchillo, cortando la arteria pulmonar y perforando el ventrículo derecho de su corazón.

 

Mi abuela estudiaba leyes. En muchas oportunidades, mi madre me dijo que era una mujer inquieta, incansable estudiante y minuciosa investigadora.

La muerte de Ana fue una conmoción en toda la Universidad. Incrédulos, compañeros, profesores y familiares manifestaron su dolor y le rindieron honores.

Mi mamá era apenas adolescente en esos años, pero recuerda muy bien los cuchicheos detrás de la puerta del escritorio de su madre, la llegada de personas con caras muy serias, algunas con carpetas debajo del brazo y otras muy alteradas.

Una de sus amigas, Rita, hizo un comentario que mi madre recordaría siempre:

—Anita, en su afán por la justicia, se está metiendo en la boca del lobo. Tememos por su vida.

 

Ayer, revolviendo viejos papeles en un baúl del sótano, encontré una carta de mi abuela. Corrí escaleras arriba, conmocionada por el hallazgo. Estaba dirigida a Emilio, antiguo compañero de estudios, con el que habían publicado varios artículos.

Mi madre me había comentado de Emilio Bonavente. Era amigo de la abuela y un abogado muy prestigioso, conocido como defensor de los derechos humanos, y recuerdo que Rita, hace unos años le comentó que tuvo a cargo defensorías en ese ámbito de investigaciones, que se realizaban por la universidad a grandes corporaciones, por lo que despertó mi curiosidad el contenido de dicha carta.

 

En la carta, mi abuela le reprochaba a Emilio que no hubiera asistido a la reunión con el decano de la facultad, y que ella sola debió informar sobre los avances de la investigación. También le comunicaba que dos días más tarde recibirían en la Facultad a un representante del Laboratorio investigado. Aquella carta estaba inconclusa, no había sido enviada, pero la fecha indicaba que había sido comenzada el día del asesinato de mi abuela.

Golpeé discretamente en el dormitorio de mi madre para conocer más información. Yo me había mudado a la antigua casa familiar dos meses antes, luego de mi divorcio, y me manejaba con la mayor discreción dado el carácter reservado de mi madre. Sonrió al verme, levantando los ojos del libro que leía, pero cuando supo la razón de mi interrupción, su rostro cambió y, mirándome con dureza, me dijo: “A mi madre la perdí en la adolescencia, el pasado quedó atrás y no voy a revivirlo” —y clavó sus ojos en el libro que estaba leyendo con tal actitud que no tuve valor para insistir.

 

Sin embargo, no me daría por vencida tan fácilmente, regresé al sótano y revolví con más cuidado el viejo baúl. Hallé un libro repleto de polvo, soplé su tapa y descubrí que se trataba del anuario de mi abuela. De pronto sentí algo sobre mi mano, una pequeña araña caminaba tranquilamente. Asustada agité mi mano con fuerza varias veces hasta que esta voló por los aires, terminando vaya a saber dónde.

—Detesto las arañas —murmuré.

Al abrir el Anuario, observé minuciosamente las hojas que contenían las fotos en blanco y negro de cada grupo de estudiantes. A pesar de haber pasado tantos años, se conservaban muy bien, me detuve en una, que llamó poderosamente mi atención. En la sección de las reuniones extra curriculares había una foto de tres personas sentadas en una mesa repleta de legajos y libros, posando sonrientes, con una inscripción al costado de la imagen que decía: Ana Smith, Emilio Bonavente y Rita Saft “El grupo Justiciero”.

 

El apellido Bonavente resonó en mi memoria. Era el mismo que el de Lucas, el chico que insistentemente me había invitado varias veces a tomar algo. Yo le rehuía, pues era un joven con mucho dinero. ¿Estaría emparentado con la mega empresa de fertilizantes del mismo nombre?

El crecimiento de la misma había sido meteórico a partir del descubrimiento de una fórmula que aceleraba el crecimiento vegetal, ya fuera en cereales como el arroz o en las hortalizas y en las frutas. Mis pensamientos fueron interrumpidos por un comunicado que oí desde el televisor: los casos de erupción cutánea se multiplican en el país y las autoridades sanitarias están desorientadas en determinar su origen.

 

Comencé a tejer una trama en mi cerebro, me subí al auto, tenía la necesidad de ir a visitar a Rita al hogar donde ella estaba hospedada. Con sus noventa años, aún estaba muy lúcida. Este arrebato me surgió cuando un pensamiento muy loco se apareció en mi mente, ¿un Bonavente amigo de mi abuela?, ¿Sería el infiltrado?, ¿Se hizo pasar por un justiciero, para estar más cerca de la investigación, y poder abortarla? ¿Se habrá involucrado realmente y alguien más actuó por él como responsable de la muerte de la abuela? Esta corporativa tiene muchos años de vigencia y los agroquímicos son su principal producto. Mi madre me había comentado que la abuela trabajaba en el departamento que asistía a personas vinculadas con el agro, y analizaba todas las denuncias que llegaban por daño causado por agroquímicos. Ojalá Rita pueda ayudarme a hallar alguna respuesta a mis preguntas.

Cuando llegué al hogar pregunté por Rita y una joven empleada me informó que estaba en su habitación, al tiempo que me indicaba el camino. Golpeé y una voz cascada me autorizó a entrar. Rita lucía tal como la había visto dos años atrás durante el sepelio de mi abuelo: pulcramente vestida con una blusa blanca y una falda azul, el pelo recogido y una sonrisa afable que se iluminó más al verme.

—¡Qué sorpresa más agradable tu visita! ¿Está todo bien en la familia? —preguntó enseguida con un tono de alarma.

La tranquilicé, estábamos bien y le expliqué lo más claro pero brevemente los motivos de mi visita. A medida que yo hablaba la anciana fue endureciendo su mirada.

—¡Ah Emilio!.. Lo recuerdo bien, con su actitud segura y un poco arrrogante. Tan deslumbrado por la inteligencia y la belleza de Ana. Él también era muy inteligente y muy atractivo, —sonrió con picardía al confesar— en verdad a mí me gustaba bastante, pero con la atracción que él sentía por Ana nunca logré llamar su atención.

—A mí me interesa saber acerca de sus investigaciones, si desde el principio fueron parte de ellas los integrantes del llamado “El grupo justiciero” o en realidad las inició mi abuela y ellos se sumaron después.

La anciana me miraba con curiosidad y sentí que debía ser más clara aunque tampoco quería realizar acusaciones sin fundamentos.

» Me gustaría saber por qué fue asesinada mi abuela y quién fue responsable del dolor de mi familia.

—Es extraño que menciones el nombre de Emilio, porque tu abuelo lo culpaba de tener alguna responsabilidad en la muerte de Ana, nunca supe si sospechaba materialmente de él o más bien que hubiera tenido alguna incidencia por acción u omisión en lo ocurrido a tu abuela.

Me contó que el Registro de Terapéutica Nacional se encargaba de estudiar los agroquímicos y los fertilizantes antes de que salieran al mercado. Me dijo que, a pesar de que el fertilizante H0328 no había aún cumplido los plazos para descartar posibles daños a la salud humana a la biodiversidad, el suelo y las aguas, se puso a la venta. La orden no provino directamente del Registro sino del Ministerio de Ganadería. ¿Quién y por qué aprobó el permiso? Rita me confirmó los enormes intereses económicos detrás de la venta de estos productos, las multinacionales suelen tener gente infiltrada a los que pagan grandes cifras para “solucionar Problemas”

Fuimos interrumpidas por unos discretos golpes en la puerta y la misma joven que me atendió a mi llegada se asomó para decir que en quince minutos se serviría el té en el comedor, cerrando luego la puerta.

—¿El Grupo justiciero? —Le pregunté atendiendo a que ella estaba en un momento de lucidez.

—Eso fue una niñería que se me ocurrió, éramos jóvenes y por cierto muy brillantes, aunque ninguno de los compañeros que colaboraban con nosotros estaban a la altura de Ana y Emilio. Después… Cada uno siguió su camino.

Me despedí de Rita, y salí con más dudas que certezas. Mientras descendía las escaleras del Hogar, se me ocurrió ir a investigar derecho a la fuente: Lucas Bonavente

En el auto, busqué el WhatsApp del grupo de los ex compañeros de liceo, marqué su número y cuando estaba a punto de cortar escuché su voz.

—Hola, ¿Lucas?

Me contestó agitado que era una sorpresa que después de tanto tiempo me estuviera comunicando con él. Intenté ocultar mi desagrado, le comenté que lo había pensado mejor y que me gustaría reunirme para cenar. Se puso muy contento, y me invitó a un restaurante. Yo le propuse que mejor sería vernos en su casa para tener más privacidad. Quedó encantado con la idea, me dio su dirección y me indicó que fuera a las ocho de la noche. Le confirmé que allí estaría. Apagué el celular y me dije para darme ánimos —Bueno, la trampa ya está puesta.

A las ocho de la noche me dirigí al lugar acordado, estacioné en la esquina de la cuadra y caminé unos metros, los zapatos rojos de taco me dificultaban el andar. Revisé el celular para ver la numeración y me encontré con una casa enorme, toqué timbre, una voz más robótica que humana me atendió, le expliqué mi propósito, las altas rejas se abrieron de par en par, El sendero era de pedregullo y empinado, el paisaje era encantador. Un extenso jardín repleto de flores exóticas y plantas llamaron mi atención, algunas eran más grandes de lo que normalmente debían ser.

Lucas me recibió en la entrada apoyando su brazo en el marco de la puerta, al verme con mi vestido rojo corto y escotado me pidió con tono seductor que pasara.

Atravesamos el recibidor de piso ajedrezado, muebles finos estilo Luis XV y una estufa de ladrillo decoraban el lugar, el comedor con una amplia mesa de madera lustrosa rodeada de una docena de sillas, eran iluminadas por luces led de color amarillo. Llegamos a una habitación que él denominó el salón de los invitados. El lugar era pequeño y estaba alumbrado por dos velas blancas sobre una mesa de mantel igualmente blanco. Como todo un caballero corrió la silla y me senté. Él hizo lo mismo y quedamos frente a frente.

—Qué bueno que por fin aceptaste mi invitación —intentó apoyar su mano encima de la mía, pero la esquivé.

—Gracias a ti, por invitarme. Pero no estoy aquí en plan de romance. ¿Te suena el nombre de Emilio Bonavente? —Le dije sin más rodeos.

Al escuchar ese nombre su rostro se transformó.

—¿Por qué quieres saberlo? —inquirió molesto.

—¿Lo conoces o no? —repetí con firmeza.

Luego de varios minutos, me confesó que era su abuelo. Quise seguir interrogándolo, pero un empleado lo llamó desde la puerta.

—Ya vengo, no te muevas de aquí —contestó enojado.

Aprovechando la oportunidad, me escabullí, subí las escaleras de mármol y vagué por el extenso corredor abriendo despacio todas las puertas, por fin encontré la que buscaba, el despacho. La habitación estaba fuera de uso dada su apariencia; pero los muebles conservaban su prestancia. Comencé a revisar los cajones del escritorio en busca de alguna prueba incriminatoria. Uno de los cajones estaba cerrado con llave; tomé un abrecartas para forzarlo. Al final de una pila de hojas había una carpeta, la abrí y supe que eran documentos importantes de la empresa, así que sin más, comencé a pasar las hojas y sacar fotos con el celular, después vería si esos documentos eran relevantes. De pronto apareció Lucas, me coloqué de espaldas al cajón y comencé a empujarlo con mi trasero. La tensión se hizo insostenible, entonces con cara de sorpresa y luego de un minuto interminable de silencio, comenzó a gritarme.

—¡Qué sucede contigo!, ¿Por qué viniste a verme?

Guardé silencio y permanecí estoica, ante mi conducta se comunicó inmediatamente al 911. Me trasladaron a la seccional, un policía de mediana edad me preguntó por qué lo había hecho, que Lucas estaba furioso y se había contactado con sus abogados. Que no me sería fácil salir de esta situación. Continué manteniéndome firme y contesté:

—Yo solo busco justicia por el asesinato de mi abuela Ana Smith.

El hombre quedó perplejo al escuchar ese nombre.

—Ana Smith... Recuerdo el caso. Fue en mis inicios. Colaboré con el teniente Thomas en ese entonces.

—Eso significa que puedes ayudarme a esclarecer su muerte —le dije, tuteándolo para conseguir su confianza.

—Puede ser. Pero primero debes salir de esta. Estás acusada de violar la propiedad del Sr. Bonavente.

—Estoy decidida a iniciar una denuncia contra él. Intentó propasarse. Me citó a su casa, puedes ver el mensaje donde me comunica su dirección. Como me negué antes sus avances, me amenazó, no cedí y terminó denunciándome.

No hubo más contratiempos para mí. Fueron mayores las ganancias que la pérdida de la confianza de Lucas. Estaría alerta. Pero el destino me había contactado con el Teniente Ferguson, quien había sido más que amable conmigo. No me cabían dudas de que querría seguir la investigación. Me mencionó su enojo con el teniente Thomas, su predecesor, quien abruptamente había archivado el caso.

No dudé en buscar información acerca del corrupto teniente Thomas Saft. Me llamó la atención el apellido de su madre, Saft, el mismo que el primero de Rita.

Muy temprano lo llamé a Ferguson, Pedro, como me pidió que lo nombrara. No se extrañó demasiado cuando me atreví a confesarle acerca de lo que había extraído de un cajón de la casa de Lucas. Nos reuniríamos esa misma tarde, para manejar posibles pistas, con todas las pruebas que ambos teníamos.

A las diecisiete horas en punto, Ferguson tocaba a mi puerta, tal como habíamos quedado, dada la confidencialidad de lo que íbamos a tratar. Llegó muy entusiasmado, ya que de acuerdo con lo que me había adelantado, pudo lograr llegar a los legajos de mi abuela, y sacar copia de ellos, gracias a un amigo que tenía en el archivo.

—Hola Pedro, toma asiento. Estuve investigando a Thomas Saft, y casualmente es sobrino de una amiga muy allegada a mi abuela, llamada Rita.

—Me suena el nombre, acá en el caso hay una Rita Saft involucrada en la causa de Ana, a la cual en varias ocasiones se la indagó, por su cercanía con todos los involucrados, especialmente con Emilio Bonavente. Igual no creo que Thomas haya archivado el caso queriendo encubrirla, acá la coima fue muy grande, ya que salió a la luz y a Thomas lo destituyeron, pero el caso igual quedó archivado.

—Mirá las fotos de los documentos que extraje de lo de Lucas, hay motivos de sobra, son informes escalofriantes sobre los resultados de los análisis de los fertilizantes, todos negativos. Te leo algunos de ellos: “es un Fertilizante a base de minerales nitrogenados y contiene organismos modificados genéticamente. Pueden generar altos niveles de toxicidad para la salud humana y el medio ambiente. Se comprueba el crecimiento desmedido de las plantas, perdiendo todos sus nutrientes”. Con razón el jardín era desmedido.

—¿Qué jardín? —Preguntó Pedro sin esperar respuesta y continuó— , estudiemos juntos los documentos que he podido reunir, estamos muy cerca de descubrir qué pasó con Ana. Tenemos todas las declaraciones.

Sería solo cuestión de tiempo según él, esclarecer el asesinato de Ana.

Yo había hecho imprimir las fotos del celular para leer el contenido con mayor facilidad. Le extendí algunas hojas a Pedro y continué examinando las restantes. No pude contener una exclamación al leer unas hojas con el membrete del Registro Terapéutico Nacional en las cuales a continuación de las conclusiones técnicas que resumían todos los perjuicios y peligros del producto analizado, existía un informe firmado por la Asesoría letrada que expresaba textualmente “por lo expuesto en los informes técnicos precedentes corresponde denegar la autorización de venta y no suscribir el proyecto de resolución elevado por los servicios administrativos” El lapidario informe se hallaba firmado por el doctor Alcides Borges. A continuación, había un proyecto de resolución sin firmar atravesado por una línea que se extendía cruzando la hoja de un ángulo a otro como anulando el contenido.

Repetí en voz alta el nombre del doctor Alcides Borges y Ferguson me miró sorprendido

—¿Alcides Borges?, ese nombre figura en el legajo del caso. Llamó para decir que poseía información acerca del asesinato, pero se negó a ir a la Comisaría. Thomas acordó encontrarlo ese mismo día, pero el presunto informante no llegó a la cita, después se supo que había sido arrollado por un automóvil cuyo conductor se dio a la fuga.

—¿Y si lo mataron para evitar que hablara?

—Se registró como un accidente, pero podría ser un homicidio. Sería muy conveniente que el abogado que había impedido con su informe la habilitación de los productos guardara definitivo silencio.

—Si —agregué—, y quedaron con las manos libres para hacer desaparecer su dictamen y los informes técnicos. Pero al ser estos conocidos por el personal que los había realizado en lugar de obtener la autorización del Registro se tramitó ante el Ministerio de ganadería como me dijo Rita cuando la visité.

—¿Crees que Ana sabía todo esto? —Preguntó Ferguson.

—Seguramente seguía de cerca el trámite y estaba al tanto del contenido de los informes. Tal vez el propio Borges la puso al tanto y luego al saber de su asesinato… ¿En qué fecha murió el abogado?

Ferguson examinó las fotocopias

—Hay una anotación de que se recibió su llamada tres días después del asesinato de Ana y Thomas se citó con él ese mismo día en la terminal de ómnibus, pues, como te dije se negó a asistir a la comisaría . Tal vez fue el propio Thomas quien lo silenció. —Dijo Pedro, sacando conclusión.

El caso se volvía cada vez más oscuro .

—La resolución del Ministerio de Ganadería es de una semana después. La firmaron una vez que Ana y Borges estaban muertos. —Afirmé.

—No entiendo cómo Ana confiaba en Emilio Bonavente ¿Podía ignorar que se encontraba vinculado al Laboratorio? —Pedro me miraba sorprendido.

—La solicitud de registro no está firmada por nadie de ese apellido y el nombre del laboratorio que producía el producto tampoco se relacionaba con Bonavente. Quizás actuaban con un testaferro y luego se pasó a nombre de los verdaderos propietarios. —Deduje.

—Según consta en el legajo policial, el portero de la biblioteca declaró que el día de su muerte había visto a Ana al llegar y que la acompañaba un hombre joven que se despidió de ella formalmente con un apretón de manos. En su momento no se lo pudo identificar, pero podría haber sido Borges.

—Hay un par de cosas que no entiendo —murmuré.

—¿Tan solo un par? —Bromeó Ferguson.

—¿Por qué guardaba Lucas esos documentos en un escritorio? Podría haberlos destruido y la segunda. ¿Por qué Rita me dio toda esa información acerca del procedimiento de la habilitación?, y ¿Cómo estaba al tanto de que no había sido el Registro, sino el Ministerio de Ganadería el que había autorizado la comercialización?

—Se diría que tenía mucho interés en ponerte sobre la pista de los Bonavente.

 

Determinada a descubrir la verdad, me dirigí al hogar donde vivía Rita. Tal vez por la ansiedad percibía que el tránsito estaba demasiado lento. Escuchaba bocinazos, puteadas, miraba gestos obscenos, avanzaba solo milímetros, deseaba apretar el acelerador y pasar por encima de los demás vehículos. Respiré hondo, y traté de calmarme. Rita no iría a ningún lado y apresurarme, solo complicaría las cosas. Llegué a destino y presurosa. Subí los escalones, en la recepción me atendió la misma enfermera y le exigí hablar con Rita. Al mencionarla, la mujer con preocupación me informó:

 

—Rita hace días que no está bien, su mente está confusa, no recuerda hechos del presente. Un enfermero está cuidándola.

—Necesito hablar con ella en este instante, es muy importante.

En ese momento apareció Pedro.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le consulté sorprendida.

—Saliste tan nerviosa y apurada que temí, que te pasara algo —comentó preocupado.

—Sé cuidarme sola, muchas gracias —le respondí molesta—. ¿Puedo entrar a ver a Rita? —le repetí con tono enérgico a la enfermera.

Asustada, permitió que pasáramos. Nos detuvimos frente a la puerta del cuarto y le indiqué a Pedro que se quedara, que si lo necesitaba gritaría por su ayuda, algo que no creía necesario.

 

Ingresé, el lugar estaba iluminado por una gran lámpara colgante. Rita estaba en la silla de ruedas con la vista en el vacío. Me senté frente a ella y pronuncié su nombre.

—Ana, ¿cómo estás? ¡Cómo has cambiado! —me dijo luego de un rato, al verme.

—Rita, no soy Ana, soy su nieta. ¿No te acuerdas de mí? Estuve hace unos días —le pregunté inquieta.

—¿Cómo está tu hija y tu marido? —me consultó con ternura.

—¡Rita, Ana murió! ¡Yo soy su nieta! —le comuniqué asustada

—Ana, me duele un poco la cabeza. ¡Alcanzame las pastillas de aquel cajón, por favor!

Fui hacia el escritorio y al abrirlo vi una gran tela de araña, asqueada, la destruí de un manotazo. Al introducir mi mano, toqué algo frío y metálico, era un cuchillo.

—Pero ¿qué? —dije sorprendida, pero antes de darme vuelta sentí un clic en la espalda.

—Chica lista, ¿no podías dejar las cosas en el pasado? ¿Verdad? Tan curiosa como tu mamá.

—¿Qué tiene que ver mi mamá? —Inquirí confundida.

—Durante el velorio de Ana, a ella le llamó la atención que Emilio y yo estuviéramos cuchichiando afanosamente en un rincón. Cuando salimos, ella nos siguió y descubrió la verdad. Por supuesto, la muy tonta nos enfrentó, dijo que lo contaría, pero la amenacé con que si hablaba, su padre sería el siguiente. Ante esto, decidió guardar silencio.

 

Levanta las manos y voltéate lentamente, no cometas ninguna tontería, pues no dudaré gatillar, y como tiene silenciador nadie se enterará.

Al hacerlo, descubrí que el que sostenía el arma era el teniente Thomas, vestido de enfermero.

—Te presento a mi sobrino, —dijo Rita—, gracias a él se logró archivar el caso y esconder las pruebas que me incriminaban.

—¿Por qué inculpaste a Emilio?

—Sencillo, ya está muerto y a los muertos no se los condena, además los ricos siempre salen victoriosos de estos casos, yo no soy rica.

—Fingiste demencia, ¿cómo sabías que vendría a buscarte?

—Gracias a dos espías, un amigo le avisó a mi sobrino que el bonachón de Ferguson estaba hurgando en el caso y gracias a…

—A mí— anunció Lucas saliendo del ropero cuya puerta había quedado entreabierta, en su mano llevaba una pistola.

—¡Lucas! — exclamé sorprendida. ¿Qué haces aquí?

—Cuando volví a casa, fui al Despacho a revisar que todo estuviera en su lugar, advirtiendo que el cajón estaba revuelto y la cerradura no funcionaba. Conozco la historia porque mi abuelo me la reveló, nunca fue capaz de destruir los archivos. Enseguida me comuniqué con Rita para avisarle lo sucedido.

En ese momento entró Pedro y, al ver la situación, intentó ayudarme, pero Lucas lo redujo enseguida.

—No entiendo Rita, ¿por qué la mataste?— grité intentando moverme, pero el arma en mi espalda lo impidió.

—Porque Emilio nunca me amó, por más que lo intentaba, solo tenía ojos para Ana, hablaba siempre de ella, su inteligencia, su belleza…. Me tenía podrida. Se le partió el corazón al enterarse de que era casada y con una hija. Cuando tu abuela comenzó a investigarlo lo puse sobre aviso, pero nunca tuvo las agallas para detenerla. Cuando descubrió la verdad, Emilio quedó aterrado, aproveché la oportunidad para aconsejarle que la matara, sino todo el esfuerzo y dinero invertidos por su familia se irían al demonio, pero el muy cobarde no pudo, la amaba demasiado, siempre que lo azuzaba se ponía a lloriquear como un niño, entonces le propuse que yo lo haría, pero debía pagar un precio que luego acordaríamos. Él lo meditó unos minutos y accedió; el único requisito era que ella no sufriera. Esa tarde Ana estaba sentada escribiendo una nota. La saludé con cordialidad, ella me preguntó si venía a ayudarla acerca del caso de Emilio, le exigí que no continuara, que el apodo “Justiciera” era una ironía, no una realidad, comenzamos a discutir y entonces retiré de mi bolso el cuchillo y se lo clavé con saña en el seno, la mano me temblaba, pero eran mayores los beneficios que recibiría que una estúpida vida. Con los saludos de Emilio, le susurré al oído y se lo retiré. Ana se desplomó momentos después. Tenía que salir sin levantar sospechas, y me escabullí entre los libreros, retirándome como si no hubiera sucedido nada, aunque el cuerpo me temblaba.

Está hecho, le informé a Emilio luego de entrar en su auto. Le mostré sin pudor el arma con la sangre de la fallecida. Angustiado me consultó si había sufrido, le dije que no, que fue instantáneo.

Al arribar a mi casa, enseguida telefoneé a mi sobrino para que borrara todo registro de mi visita en el horario en que Ana murió, y así lo hizo.

 

—Desgraciada —murmuré intentando acercarme a ella, pero un grueso brazo me agarró por el cuello—. Tranquila, no cometas ninguna idiotez, me recomendó Thomas apretando los dientes.

 

—Emilio lamentablemente nunca llegó a amarme como yo lo amé, pero yo lo quise por los dos hasta el día de su muerte. Salíamos juntos a pasear, nunca me presentó como su novia sino como su amiga de la universidad.

 

Pedro, aprovechando el momento de distracción, intentó quitarle el arma a Lucas. Durante el forcejeo, esta que contenía un silenciador se disparó y la bala atravesó el pecho de la anciana que se fue resbalando lentamente de la silla.

–No te muevas o la mato —le advirtió Thomas a Pedro apuntándome a la cabeza. Pero en su lugar, le dio por la espalda a Lucas que intentaba huir. El joven se desvaneció.

—Somos tú y yo, no cometas ninguna tontería— le advirtió Pedro apuntándolo.

— No quiero ir a la cárcel por corrupción y asesinato, no sobreviviría— y dicho esto, se colocó la pistola en la sien, y antes de que Pedro pudiera detenerlo, disparó.

—¿Estás bien? —me consultó ayudándome a levantarme.

—Sí, muchas gracias, pero te dije que no precisaba tu ayuda —dije irónica—. Mi cuerpo temblaba.

 

Escuchamos varios gemidos de dolor; al acercarnos era Rita. La bala había impactado en su hombro, a unos pocos centímetros del pecho. Con mi celular llamé a Emergencias, Pedro a la policía y luego avisamos a las enfermeras.

—¿Qué pasará con ella? —quise saber luego de despedirme.

—No lo sé, a lo mejor le dan prisión domiciliaria, aunque por su vejez no creo que hagan mucho. Necesitaré tu declaración como testigo y, si puedes, la de tu madre —me informó serio– debo quedarme, no puedo llevarte hasta tu casa.

—No te preocupes, ya estoy bien —mentí—. Tengo muchas cosas que conversar con mi madre, pero antes necesito ir a un lugar.

 

Compré unas flores. A la entrada del Cementerio, observé cada una de las tumbas. Divisé dos sepulturas de granito gris que reposaban sobre el pasto, me arrodillé en la primera y deposité las flores. Una inscripción rezaba “Ana Smith”, una gran persona, amiga, compañera, esposa e hija que descansa en paz.

 

—Abuela, tu muerte ha sido resuelta— murmuré.

 

Fin

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